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Sobrevivientes de tiroteo en Uvalde buscan consuelo en cualquier lugar, incluso en brazos de motociclistas

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Vanessa Romo
/
NPR
Celeste Ibarra y su hija, Aubriella Melchor, que sobrevivieron al tiroteo masivo del martes, oraron con miembros de Journey Riders, Sons of God Motorcycle Club, incluido Adam Torres (extremo izquierdo) en la gasolinera Murphy USA en Uvalde, Texas.

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UVALDE, Texas — La gente de Uvalde está orando en todas partes y todo el tiempo.

En el memorial improvisado en la plaza del pueblo, hay al menos dos personas en un momento dado que se ofrecen a orar con los dolientes reunidos allí. En Local Fix, una pequeña cafetería y restaurante cerca del centro de la ciudad, grupos de personas cierran los ojos y juntan las manos mientras esperan para hacer sus pedidos.

Incluso en Murphy USA, una estación de servicio en Main Street en el extremo este de la ciudad, los miembros de Journey Riders, Sons of God Motorcycle Club, un grupo de motociclistas cristianos, ponen sus manos sobre una pequeña niña que sobrevivió a la sangrienta masacre en la Primaria Robb el martes.

Aubriella Melchor, de nueve años, le dijo a NPR que escapó por poco de la matanza porque estaba en el baño cuando el tirador entró a la escuela.

En algún momento mientras se lavaba las manos y se las secaba, no se percató de los maestros que gritaban y advertían a los niños que había un gatillero activo en el edificio. Entonces, cuando salió al pasillo, Melchor se encontró con un intercambio de disparos entre el asesino, que corría por el pasillo, y la policía.

"Lo escuché disparar y creo que le estaba apuntando a un oficial", recordó la niña en voz baja. "Luego vi sus pies correr más allá del baño y comenzó a disparar de nuevo, así que volví a entrar y me agaché y me escondí".

Adam Torres, presidente del capítulo de San Antonio del grupo cristiano de ciclistas Journey Riders, se eleva sobre Melchor y su madre Celeste Ibarra mientras sostiene sus manos sobre ellas.

"Esta es una niña valiente y una madre valiente", comentó con los ojos cerrados.

El club de motociclistas hizo la caminata de 85 millas temprano para brindar algo de consuelo a cualquiera que esté buscando "el amor de Dios".

Varias docenas de pasajeros se unieron a la caravana en sus Harleys y otros condujeron detrás de ellos en autos adornados con banderas. En total pasaron un puñado de horas en el pueblo, orando con la gente en la acera, en las tiendas y estacionamientos, y en la gasolinera.

Y parece que han brindado al menos algunos momentos de respiro para Ibarra y su hija, quien dijo sentirse "triste, frustrada y asustada" desde el tiroteo.

"Acabamos de conocer a esta señora y su hija y solo queríamos mostrarles que hay esperanza y que hay gente del otro lado", afirmó Torres a NPR.

Una niña de 9 años revive el horror

Desde el interior de Robb Elementary, Melchor recordaba haber escuchado tres disparos y dice que sonó como si el hombre armado "estaba pateando una puerta [a un salón de clases cercano] y luego la abrió y comenzó a disparar".

Melchor no sabe cuánto tiempo estuvo allí sola. Su madre le explicó a NPR que la niña de tercer grado permaneció "agachada en una bola, en posición fetal, en el piso".

Cuando finalmente llegaron los oficiales para llevar a la niña a un lugar seguro, Melchor todavía estaba acurrucada en el piso de un baño. Ella recuerda que tenía demasiado miedo para hacer un sonido o mirar hacia arriba. Sólo podía ver dos zapatos al otro lado de la puerta.

Y cuando los oficiales gritaron para ver si había alguien adentro, ella permaneció en silencio. No fue hasta que echó un vistazo por debajo de la puerta y vio sus insignias que confió en que era seguro salir.

"Vi esas insignias y dije: 'Estoy aquí'".

Ibarra se secó las lágrimas de la cara mientras escuchaba a su hija contar la horrible historia. Acarició con dulzura la espalda de la pequeña y acomodó un gran lazo morado en la cabeza de Melchor. Luego recordó su propia pesadilla en la que instó a las fuerzas del orden público a poner fin a la masacre.

“Estaba hablando por teléfono con mi mamá y le dije que si no sale en los próximos minutos, voy a entrar”, narró Ibarra.

Ibarra había escuchado sobre el tirador activo en un escáner de la policía mientras conducía al trabajo. Cuando llegó, la policía local ya había esposado a una madre que intentaba ingresar a la escuela para recuperar a su hijo. Un padre rompió la ventana de un salón de clases, se subió a la escuela y rescató a sus hijos.

"Ahí fue cuando el oficial de policía realmente comenzó a ayudar", comentó Ibarra con cierta frustración, y agregó: "Entiendo que también tienen sus protocolos, pero quiero decir, pasó mucho tiempo antes de que nuestros hijos fueran una prioridad para ellos".

"No me importaba lo que me hicieran", dijo Ibarra, "la iba a atrapar sin importar nada".

Al final, ella no tuvo que hacerlo. Justo cuando estaba a punto de saltar la cerca de alambre alrededor del edificio, señaló: "La vi salir con un policía estatal y un [oficial] de la Patrulla Fronteriza".

"Así que la agarré de allí y literalmente la arrastré hasta mi camioneta".

La pesadilla sigue

Melchor explicó que se imagina escuchando ruidos en la noche y no quiere estar sola. Ibarra dijo que Melchor y su hermana se han acostumbrado a dormir en la misma cama con ella.

"Es mucho", dijo Ibarra.

Por eso acepta los ofrecimientos de oración, incluso de extraños en una gasolinera.

“Recién llegamos y oraron por [Melchor] y le dieron un poco de paz y tranquilidad porque no habla con nadie”, expuso Ibarra sobre su hija.

Ella añadió: "Es una persona muy tranquila. Así que para abrazar y, ya sabes, sentirla me reconfortó mucho".

Ibarra vio a su hija, cuyos brazos estaban envueltos alrededor de la pierna izquierda como si fuera un tronco.

"Gracias", concluyó ella.

Esta nota fue traducida por Texas Public Radio con apoyo de Gabriela Olivares, Roberto Sierra, Francisco Marín e Yvette Benavides, para NPR y The Texas Newsroom. Haga clic aquí para más cobertura de Uvalde en español.

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